19/09/2015 ÁVILA, V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA DE JESÚS


 

Crónica (Julio Carlavilla):

Con motivo de los 500 años del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, el grupo se desplazó en autobús, en septiembre de 2015, hasta Ávila para visitar lugares emblemáticos relacionados con la Santa. Tuvimos el privilegio de que nuestro compañero, Jaime Olmedo, filólogo y académico, nos disertara a lo largo del viaje sobre la vida y obra de Santa Teresa. Jaime ha desarrollado su carrera en la sede central del Instituto Cervantes, en la Real Academia Española, en la Real Academia de la Historia, en la Universidad Complutense de Madrid y, actualmente, en la Universidad Camilo José Cela como rector de la misma. Jaime y su familia son miembros activos del Grupo de Montañismo Juan Pablo II y de la parroquia de San Andrés. A petición nuestra, Jaime ha tenido la amabilidad de compartir con nosotros el texto de su interesante y profunda disertación, que podéis encontrar transcrita a continuación:

SANTA TERESA DE JESÚS

Santa Teresa es un ejemplo de: -misticismo y acción, de recogimiento y afán creador -tenacidad y confianza en sí misma -por el modo en que se enfrenta a las dificultades 

Ascendencia y nacimiento 

Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, era hijo del converso Juan Sánchez de Toledo, afortunado mercader, casado con Inés de Cepeda. Don Juan había judaizado y fue penitenciado por la Inquisición. A raíz de este trance, tuvo que trasladar su negocio de paños a Ávila, donde volvió a prosperar, educando sus hijos cristianamente y casando a todos con familias hidalgas. No cejó hasta alcanzar en 1500 una ejecutoria de hidalguía que le hizo emparentar con un caballero de Alfonso XI. Una ejecutoria de hidalguía es documento judicial que acreditaba la condición de hidalgo del interesado. Había todo un sector de la población cuyo encumbramiento dependía en gran medida de la adscripción, real o posible, de los interesados a un linaje de hidalgos, de ahí el afán por ser reconocidos como miembros integrantes de la nobleza. 

Su hijo, Alonso Sánchez de Cepeda, se casó en 1505 con Catalina del Peso e instaló su domicilio en las que fueran “Casas de la Moneda”. La mujer murió dos años después, dejándole dos hijos: María de Cepeda y Juan Vázquez de Cepeda. En 1509 Alonso contrajo segundas nupcias con Beatriz de Ahumada, de quince años, que residía en Olmedo con su madre, Teresa de las Cuevas. La boda se celebró en Gotarrendura [a unos 20 km de Ávila], donde los padres de Beatriz tenían casa señorial. Allí nació la primera hija de Beatriz, que recibió el nombre de la abuela materna y el apellido de su madre: Teresa de Ahumada. Nació un 28 de marzo de 1515, miércoles de Pasión, en torno a las 5:00 de la mañana. Algunos autores se inclinan por Ávila como lugar de nacimiento de Teresa. 

Triple limitación 

Toda su vida, Teresa de Ahumada tuvo que enfrentarse con una triple limitación social, cultural y religiosa: era mujer y monja en una época en que la cultura dominante, el saber y el poder, en la sociedad y en la Iglesia, estaban totalmente en manos de los hombres; además, pertenecía a una familia de mercaderes; por último, era hija de conversos en una época en que se impusieron en Castilla los Estatutos de Limpieza de Sangre. Este dato da idea de su enorme repercusión en la biografía teresiana. Los Cepeda, a pesar de haber suprimido el hebraizante apellido de Sánchez figuraban como “modelo de familia judeo-conversa”. El comprobar ascendencia hebrea era la mayor infamia; de ahí las “ejecutorias de hidalguía”, como era el caso de los Sánchez de Cepeda. 

Debe acentuarse, pues, la importancia que tuvo en la formación y actuación socialreligiosa de Teresa de Ahumada el origen converso de su familia. Así, el tema de la honra, tema central de los escritos teresianos, corresponde a la obsesión por la “negra honra” de parte de los conversos. Américo Castro ya nota en la nieta del converso toledano “un anhelo de compensar con linaje espiritual la carencia de uno socialmente aceptable”. Teresa conoció los esfuerzos de su padre y de sus tíos conversos para lograr una declaración de hidalguía. Pero, hablando de sus padres, no dice que fueron “hidalgos”, sino “virtuosos y temerosos de Dios”. Destacar en nuestro Siglo de Oro ya era difícil, pero ella lo logró a pesar de todas esas trabas. Santa Teresa fundó 17 conventos y produjo una ingente obra literaria que la convirtió en figura destacada entre los escritores del Siglo de Oro. 

PRIMERA ETAPA (HASTA LOS 20 AÑOS) 

Primera formación 

La atmósfera cultural-religiosa en la cual Teresa se educó es por ella caracterizada cuando escribe: “Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos éstos”, y de su madre declara: “Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme, de edad —a mi parecer— de seis o siete años”. La niña precoz pasó a ser la habitual compañera y confidente de su madre doña Beatriz, que la enseñaba a leer y escribir. El temor a que sus hijas sufrieran la influencia de los alumbrados inducía a padres de familia a negarse a que sus hijas aprendiesen a leer y escribir. Tal temor no existía en casa de los Cepeda y Ahumada. La actitud de Alonso y Beatriz a este respecto era innovadora para la época. En el siglo XVI solo un 20% sabía leer. 

En su formación primera, Santa Teresa devoraba los libros de caballerías: “era tanto lo que embebía que si no tenía libro nuevo no me parecía tener contento” (Vida, 2, 1). Los leía a escondidas de su padre. La narrativa caballeresca no fue un éxito de clases populares: a Santa Teresa le gustaban y parece que escribió una en colaboración con su hermano Rodrigo. Y también le apasionaban a San Ignacio antes de su conversión a la vida religiosa y posterior fundación de la Compañía de Jesús en 1540. 

Pero también leía libros espirituales, sobre todo, vidas de santos. El libro que dejó una huella indeleble en Teresa y en su hermanito Rodrigo era el Flos Sanctorum, que tenía la vida de Cristo y de muchos santos. “Espantábanos mucho —dice ella— el decir que pena y gloria era para siempre, en lo que leíamos... Gustábanos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre!”. Y concluye: “En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad”. Un día, incluso, los dos hermanos, Teresa y Rodrigo, encendidos por la lectura de estas vidas de santos y mártires, decidieron irse “a tierra de moros” pidiendo limosna “para que allá nos descabezasen” Salieron los dos niños por la puerta del Adaja y un tío suyo los detuvo.  

También leía a Fray Luis de Granada y a San Agustín. 

Adolescencia 

En los umbrales de la adolescencia, Teresa perdió a su madre. Se le abrió un gran vacío afectivo. Aunque su padre Alonso de Cepeda fue muy importante en la vida de Teresa: de él dejó escrito que “jamás nadie le vio jurar ni murmurar”.  

Después de una temporada de devaneos mundanos, Alonso recogió a su hija en el Convento de monjas Agustinas Santa María de Gracia, como doncella de piso. Tal “mudanza” de la casa de su padre a un mundillo monjil significaba para Teresa una seria confrontación con su destino. En María de Briceño, maestra de novicias y de las doncellas, encontró la joven Teresa a “la amiga de más edad”, la confidente de sus intimidades, que le quitó “algo de la gran enemistad que tenía con ser monja”. En su alma empezó a surgir “la verdad de cuando niña”. Confiesa: “A cabo de este tiempo [...] ya tenía más amistad de ser monja”.  

Su proceso biográfico espiritual tomó un rumbo definitivo en el encuentro con su tío Pedro Sánchez de Cepeda, converso retraído y lector de “buenos libros en romance”. Teresa escribe: “Aunque no acababa mi voluntad inclinarse a ser monja, veía era mejor y más seguro estado, y así poco me determiné a forzarme para tomarle”. Además, en casa de su tío, dice: “Leía en las Epistolas de San Jeronimo, que me animaban de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que casi era como a tomar el hábito”. Teresa, “la más querida de su padre”, tuvo que ver cómo éste se puso delante “con ruegos, lágrimas y suspiros por detenerla”. Pero, “lo que más se pudo acabar con él fue que después de sus días haría lo que quisiese”.  

SEGUNDA ETAPA (DE LOS 20 A LOS 47 AÑOS) 

Toma de hábito 

Comienza entonces la segunda etapa de su vida. Ella planeó una fuga, el día de Ánimas, 2 de noviembre 1535 (con 20 años), y tomó el hábito en el Monasterio Carmelita de la Encarnación, donde tenía “una grande amiga”, Juana Suárez. Allí vivirá 27 años, con una gran comunidad religiosa compuesta por cerca de 180 monjas. 

De gran importancia para su evolución fue la lectura del Tercer Abecedario de Francisco de Osuna, en casa de su tío Pedro Sánchez de Cepeda. El Abecedario espiritual (1525-1554) de Francisco de Osuna: son 6 partes. La más importante es el Tercer abecedario (Toledo, 1527). Osuna es el primer autor que utiliza la lengua española, castellana, para tratar de esos temas de mística, dejando así expedito, o al menos desbrozado, el camino a los grandes místicos que vinieron en pos de él, en todos los cuales influyó de uno u otro modo. Su estilo es directo, elocuente, elegante (no en vano era un gran orador), pero claro, y su vocabulario riquísimo en términos y no menos abundante en metáforas y alegorías; Nicolás Antonio califica a los Abecedarios de “monumentos de la lengua nacional”.  

Este libro, que “trata de enseñar oración de recogimiento”, dejó una huella decisiva en su alma; pero, pronto tuvo que dejar aquel recogimiento, cuando le sobrevino una tormenta de “grandes enfermedades”, desmayos y ataques de corazón; una extrema ruina física, que el 15 de agosto 1539 [con 24 años] llegó a una terrible crisis: permaneció casi cuatro días sin conocimiento. Siguieron tres años de una lenta recuperación psicosomática, remontándose también su alma en el fervor espiritual. Es decir, soportó y superó el trauma de una enfermedad grave, lo que marcará su físico para toda la vida y la llevó a adentrarse en la vida espiritual. Fue una mujer enferma pero más fuerte que cualquier mujer sana. 

Con la vuelta a la vida, surgió de nuevo el conflicto del amor. Inexperta en la vida espiritual, y sin guía, continuaba esforzándose en cumplir el consejo del Tercer Abecedario; “en comenzando a tener algo de oración sobrenatural, digo de quietud, procuraba desviar toda cosa corpórea”, incluso la Humanidad de Cristo. A partir de este momento, hizo todo lo posible para fundar la oración en la Humanidad de Cristo, buscando ayuda de “personas espirituales”. La gracia de la contemplación deja notar su influencia, inquietando el alma. Tal inquietud conducirá a Teresa hacia la compañía de Dios, como “Amigo verdadero”. 

Y “comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la oración —confiesa ella— comenzó el Señor a hacerme las mercedes”, a saber, “a darme muy ordinario oración de quietud y muchas veces de unión que duraba mucho rato”. Luego, Cristo se le aparece “con mucho rigor” para darle a entender que no le agrada cierta relación amistosa. También necesitará la fuerte emoción afectiva ante la imagen del Ecce homo, un Cristo “muy llagado”, para su conversión, profundizada por la lectura de las Confesiones de san Agustín. Gracias a la dirección acertada del jesuita Juan de Prádanos, llegó, a continuación, al desposorio espiritual. Tal vida en compañía de Dios, señal del desposorio con Él, trasladará el centro de gravedad de su vida espiritual hacia la experiencia de la amistad con Dios. Su evolución hacia la madurez afectivo-espiritual fue un proceso de identificación cristológica: Así Teresa de Ahumada se convirtió en Teresa de Jesús. 

Tiempos recios 

Al aumentarse las mercedes místicas, ella tuvo que enfrentarse con las injerencias y censuras de confesores, teólogos y amigos temerosos sobre las experiencias místicas de la monja visionaria. Ella temblaba ante la idea de que considerasen sus visiones y arrobamientos como “cosas de mujercillas que siempre las había aborrecido oír”. “Andaban los tiempos recios”, recuerda la madre Teresa, y no extraña que alguien expresase la temible sospecha de “que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores”. Y, además de ser mujer y mística, debió de constituir un factor de peligro, la ascendencia judeoconversa de la madre Teresa y de varias de sus amigas, candidatas para el hábito en la nueva fundación de San José de Ávila. La participación de los “cristianos nuevos” o “conversos” en el movimiento iluminista era notable. 

Es un momento, además, en el que tanto el poder civil como el eclesiástico quieren controlar la impresión de libros. En 1558, la Pragmática más importante de la legislación castellana, la Pragmática del 7 de septiembre de 1558 dada por Felipe II. 

Esta pragmática se dio para combatir la propagación de herejías, sobre todo del Protestantismo, y la difusión de “materias vanas, deshonestas y mal exemplo”. Para ello se establece que para que la impresión de un libro pudiera llevarse a cabo el Rey tenía que dar licencia para imprimir. La Pragmática de 1558 se divide en dos puntos importantes: una primera parte donde se prohíbe la introducción, venta y posesión de alguno de los prohibidos por el Santo Oficio de la Inquisición y una segunda parte que consiste en una Nueva orden de impresión de libros. El cumplimiento de la Pragmática de 1558 impone la aparición de una portada normalizada donde debían indicarse el título completo de la obra, su autor, junto al lugar de publicación, el nombre del impresor y la fecha de edición del libro. Asimismo, debían constar los preliminares legales, antecedentes de la obra propiamente dicha, donde los impresores tenían que publicar todas las licencias, aprobaciones y requisitos que los libros tenían que superar antes de ser puestos a la venta. 

Los alumbrados habían sembrado terror y, en 1559, el pánico de la infiltración erasmista y protestante llevó la Inquisición a tomar medidas drásticas contra los “espirituales”, especialmente contra las mujeres. El inquisidor general, Fernando de Valdés, publicó su Índice de libros prohibidos, en el que se prohibían las traducciones de la Biblia y los libros espirituales en romance. Tal intervención oficial dejó a la madre Teresa profundamente afectada, pues suponía que la inquisición acababa de prohibir todos los libros espirituales que habían constituido su formación. 

Es decir, se cernían peligros sobre los defensores de la religiosidad interior: “tiempos recios” (San Ignacio). 

Tal frustración se convirtió en un rehacimiento espiritual al oír en su interior la voz del Señor: “No tenga pena, que Yo te daré libro vivo”. Ella declara: “Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades”. La propia experiencia espiritual, el Evangelio vivido como Teresa de Jesús, será el libro vivo; tal como ella describe su experiencia de la unión con Dios: “Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía. La que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración es que vivía Dios en mí”. Poco después, el día 29 de junio 1559, tuvo la primera visión intelectual de Cristo. Luego, las visiones comenzaron a ser imaginarias. Con todo eso, la exasperación de sus censores llegaba al paroxismo y algunos la querían exorcizar. Sin embargo, día por día arreciaban sus ímpetus de amor; entre éstos fue célebre la “merced del dardo”, la famosa visión de la Transverberación. 

Después ocurrió otra novedad, la más azarosa, los arrobamientos, que la sacaban de sí y la levantaban del suelo. Se lanzaban mil juicios contradictorios contra la monja “visionaria”. La tenían por endemoniada. Ella protesta: “No entiendo esos miedos: ¡demonio, demonio!, adonde podemos decir: ¡Dios, Dios!, y hacerle temblar...; tengo ya más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confesores, inquietan mucho”. Y “creció de suerte este miedo —dice ella— que me hizo buscar con diligencia personas espirituales con quien tratar”. Después de la ida del jesuita Juan de Prádanos en 1559, no encontró a directores espirituales que tenían experiencia en su camino espiritual. Bajo este aspecto había sido importante el encuentro de Teresa con Francisco de Borja, a fines de mayo de 1554. Este hombre espiritual, después de haberle oído, le dijo “que era espíritu de Dios, y que le parecía no era bien resistirle más”. Tal consejo significó un paso decisivo para fundar toda su vida en la Humanidad de Cristo. En un segundo encuentro, por abril de 1557, Teresa le consultó si en la contemplación podían andar sueltas las otras dos potencias, el entendimiento y la memoria, mientras la voluntad gozaba embebida. El padre Francisco le dijo “que a él le acaecía”. Teresa se sintió comprendida en su experiencia de la oración de quietud. 

Del 17 al 25 de agosto 1560 estaba en Ávila otro espiritual, fray Pedro de Alcántara, con quien Teresa pudo hablar varias veces y la entendió “por experiencia”. Aparentemente inició el paso de los espirituales, Francisco de Borja y Pedro de Alcántara, por Ávila una fase más tranquila para la discutida vida espiritual de Teresa. Pero, la que más zozobraba en lo íntimo era la propia protagonista. Ella sigue sintiéndose marginada como mujer y mística en la sociedad y en la Iglesia española del siglo XVI; sobre todo le molesta la prevención rigurosa de ciertos teólogos e inquisidores contra las mujeres contemplativas. Además, mayores recelos despertaron sus actividades espirituales y la dirección como madre fundadora del movimiento contemplativo de mujeres y hombres. 

Ella apela a la actitud de Jesús hacia las mujeres que le seguían: “...veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Ella reclama, sin más, el derecho a poder aportar como mujer y mística su experiencia contemplativa, y expresa tal aspiración como uno de los motivos que la inspiraron a escribir su autobiografía. En cuanto a su vivencia de acción y contemplación, Teresa de Jesús encuentra su figura de identificación en la Samaritana, que halla a Jesús cerca del pozo de Sicar, cree en su palabra y la comunica a sus paisanos: “La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: "Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?". Salieron de la ciudad e iban hacia El" (Jn. 4, 4-41): “¡Cómo la creyeron, una mujer!”. Esto era la gran revelación para Teresa. Podrá, pues, reconocer como justa su aspiración a tener autoridad como mujer y mística, identificándose espiritualmente con la samaritana y compartiendo sus ansias de hacer algo. 

Proyecto fundacional 

A raíz de una visión horrenda, hacia fines de agosto de 1560, se preguntaba Teresa “qué podría hacer por Dios, y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese”. Ese era el punto de partida de su actividad fundacional. El acercamiento a Dios iba despertando un ideal de vida que contrastaba con aquella a que estaba sometida en la Encarnación. Además, contaba con un grupo de amigas, monjas y seglares que, animadas por su ejemplo, no se resignaban al status quo de la comunidad. Trataban con la madre Teresa de cómo reformar aquella casa, “acerca de lo cual la Santa dijo algunos razones..., trayendo a la memoria la soledad y retiro de los antiguos ermitaños de su Orden...”. Todo hace pensar que la madre fundadora estaba inspirada por la Institución de los primeros monjes, “el principal libro de lectura espiritual” de la Orden. En el siglo XVI era considerada como la Regla antigua, la fuente primitiva, aunque jurídicamente lo era la Regla dada por Alberto patriarca de Jerusalén alrededor de 1210. A la madre Teresa era conocida la Institución, pues su convento poseía copia manuscrita, en latín y romance, en un códice de mediados del siglo XV. Acerca de la vida según la Regla primitiva, la madre fundadora “fue ayudada y aconsejada” por el padre Antonio de Heredia, prior del Carmen de Ávila en 1564. En 1571, Jerónimo Gracián, el futuro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, le mandó unos opúsculos de su propia mano sobre “cosas de la Orden y la Regla”, entre otros un compendio en romance del Libro de Juan Patriarca XLIV de Jerusalén, a quien ha sido atribuido la Institución hasta principios del siglo pasado. 

Cuando la gente se enteró del proyecto fundacional de la madre Teresa, surgió una oposición fuerte. En este período complicado de su itinerario espiritual —de 1559 a 1562—, período de “visiones y censuras”, embrollado más todavía por los inicios de su obra fundacional, la madre Teresa acudía con mayores ansias a los “letrados”, sabiendo que de la confrontación entre experiencia y doctrina debería salir la verdad. Ella no pretende ser “letrada”, sino sólo que los teólogos disciernan el carácter de sus experiencias y actividades espirituales. 

Así se comprende que la madre fundadora busca el amparo de los mejores teólogos ante aquella hostil barahúnda contra el proyecto fundacional, tanto de parte de sus hermanas monjas como de toda la ciudad. Teresa acudió a Pedro Ibáñez, dominico, “el mayor letrado que entonces había en Ávila”. A éste, el proyecto fundacional “se le asentó ser muy en servicio de Dios y que no había de dejar de hacerse”; además, “dijo la manera y traza que se había de tener...”, y “que quien lo contradijese fuese a él, que él respondería”. 

Primera fundación 

Animadas por el apoyo del dominico, Teresa y sus amigas empezaron a poner por obra sus planes. Cuando ya estaban ultimando la compra de una casa, el provincial, Ángel de Salazar, revocó la licencia de fundar; “le pareció recio ponerse contra todos”. Ante tales perspectivas, Teresa acudió de nuevo al teólogo, Pedro Ibáñez. Este redactó un valiente Dictamen en favor del buen espíritu de la madre Teresa. 

Con el decidido apoyo del teólogo dominico, se comenzó a preparar la fundación: enviaron por los despachos a Roma y compraron una casa. Por fin, el 24 de agosto 1562, se inauguró la fundación del Monasterio de San José. “Estuve yo —dice la madre fundadora— a darles el hábito —a las cuatro jóvenes candidatas— y otras dos monjas de nuestra misma casa”, de la Encarnación. El maestro Gaspar Daza, en nombre del obispo, ofició y admitió a las cuatro primeras novicias, con las ceremonias del ordinario de la Orden, al hábito y Regla primitiva de Nuestra Señora del Monte Carmelo. 

TERCERA ETAPA (DE LOS 47 A LOS 67 AÑOS) 

Fundaciones 

Es decir, a los 47 años, Teresa inicia una tercera etapa pues sale del convento de la Encarnación para fundar el Carmelo de San José y poco después emprende su tarea de fundadora andariega. Sus viajes son en carromato o a lomo de una mula. 

En Teresa de Jesús, los términos de “la primera Regla” o “Regla primitiva” tienen un contenido más “retroactivo” que lo que la letra de la Regla dada por Inocencio IV en 1247, que transformaba la Orden eremítica en mendicante, puede dar a entender. Tal Regla, en su forma adaptada a las circunstancias de Occidente, llamada por la madre Teresa y por todos los carmelitas “primera” o “primitiva”, había introducido elementos de la vida cenobítica y mendicante: la vida mixta, una transformación substancial del rumbo de la Orden, de origen eremítico. Sin embargo, aunque tiene la madre fundadora en sus manos la Regla de Occidente, transformada por Inocencio IV en 1247, sus intenciones miran más allá, al yermo primitivo del Monte Carmelo: oración y contemplación. Por otro lado, la reforma iniciada en San José, de Ávila, tenía un contenido claramente contrarreformista. En este trance de ansias apostólicas, recibe en abril 1567 la visita del general de la Orden, fray Juan Bautista Rubeo. A éste tocará interpretar los deseos de su alma y dar a sus ansias reformadoras y apostólicas el espacio vital que la madre Teresa busca para desencadenar la acción. Refiriéndose a este punto culminante de su encuentro con el padre Rubeo, escribe: “... con la voluntad que tenía que fuese muy adelante este principio, diome muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para que ningún provincial me pudiese ir a la mano. Estas yo no se las pedí, puesto que entendió de mi manera de proceder en la oración, que eran los deseos grandes de ser parte para que algún alma se llegase más a Dios”. Con la patente aludida, fechada en Ávila el 27 abril 1567, la madre Teresa llevará a cabo durante los quince años que le quedarán de vida una intensa actividad fundacional. En la mente de la fundadora había madurado la idea de completar su obra fundacional con la institución de unos frailes contemplativos y escribió al padre general una carta “suplicándoselo”. 

La respuesta del general, fechada en Barcelona, 10 de agosto de 1567, accedía a la petición. “Tales religiosos —dice— vivan perpetuamente juntos en la obediencia de la provincia de Castilla”. Sigue la patente con la famosa cláusula en la que el general quiere conjurar el peligro de una escisión. El tono alarmante de esta cláusula se explica por la enseñanza de las recientes incidencias, como la rebeldía inaudita de los hermanos Nieto, carmelitas andaluces, contra la obediencia a la Orden, la inminente “reforma del Rey” —bajo la jurisdicción de los obispos— y el conflicto con el Consejo Real, que había quitado al general Rubeo sus cartas credenciales para hacer la visita canónica en los conventos, y admitido los recursos de los frailes rebeldes contra las medidas tomadas por el general; el Consejo había impedido sistemáticamente, en conformidad con la ley de fuerza, la ejecución de las sentencias condenatorias del general contra los frailes díscolos y rebeldes, hasta rehabilitando por provisión real al ejercicio de sus oficios a frailes por el general expulsados de la Orden. Con todo, los recelos del general parecen, efectivamente, nacidos de una previsión de lo que iba a suceder; en los decretos del capítulo general de 1575 relativos a los “contemplativos” o descalzos, el mismo general escribe: “Siempre hemos tenido miedo de que surgiesen discordias y contenciones”. 

Los hostigadores pondrían también mano algún día en la obra fundacional de la madre Teresa y de sus “contemplativos”. Cuando la madre Teresa recibió la noticia de la concesión del general para que se fundasen dos conventos de carmelitas contemplativos, ya estaba en Medina del Campo, donde el 15 de agosto había fundado el segundo monasterio de sus descalzas. Pero pasaría más de un año hasta que pudiera inaugurarse en Duruelo la primera casa de los frailes contemplativos. 

Ese verano de 1567 ha conocido a San Juan de la Cruz. Antes de inscribirse para el último curso salmantino 1567-1568, Juan de la Cruz tenía madurada una decisión que iba a cambiar el curso de su existencia. Pensaba dejar la Orden del Carmen y pasarse a la Cartuja. Durante las vacaciones veraniegas de 1567 se trasladó a Medina del Campo para cantar su primera misa en presencia de la madre y demás familiares. Coincidió allí con santa Teresa, que ultimaba trámites y detalles para su segunda fundación femenina, la que seguía a la de San José de Ávila. Habían llegado a oídos de la fundadora noticias de aquel joven religioso y manifestó ardientes deseos de entrevistarse con él. Fue un encuentro trascendental para ambos. Ella consiguió atraerle a su proyecto de reformar la rama masculina de la Orden, para lo que necesitaba religiosos decididos a secundar sus planes e ideas. Juan se ofreció con una precisa condición: que no se demorase la realización del proyecto; de lo contrario, él cumpliría su propósito de ingresar en la Cartuja. Las prisas de fray Juan no tenían plazo fijo, sólo que “fuese luego”. Estaba dispuesto a esperar un tiempo razonable. Los dos protagonistas se comprendieron y compenetraron. 

El ulterior despliegue de su actividad fundadora con su primera salida de Ávila para erigir el Carmelo de Medina (1567) tomará forma intensiva; animada por el general Rubeo e inspirada por el objetivo misional de su obra fundacional, la madre Teresa da comienzo a sus “andanzas” fundacionales: a Malagón (1568), Valladolid (1568), Duruelo, religiosos (1568), Toledo (1569), Pastrana, religiosos y religiosas (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas (1575). 

No hay que olvidar que en esta fase decisiva salieron treinta monjas, más cuatro seglares, de la Encarnación a la Descalcez, de las que sólo ocho regresaron por falta de salud. Este monasterio había sido el “punto de partida de la reforma”. También es muy de tener en cuenta el hecho que en la reforma teresiana se hace caso omiso de los “Estatutos de Limpieza de sangre”. 

Otra idea que la madre fundadora tiene siempre en mente es la ubicación de sus conventos; éstos son ante todo espacios comunitarios de vida contemplativa y preferentemente de implantación urbana. Es decir, quiere volver a la observancia originaria de la orden (recogimiento, vida interior, apartamiento…), pero lo quiere en las ciudades. Por eso sus conventos son de muros altos y huerta amplia para que se puedan instalar en ellas pequeñas ermitas al estilo de los ermitaños del Monte Carmelo en Palestina. Son espacios comunitarios urbanos. Santa Teresa se pone a la cabeza de un movimiento europeo de espiritualidad. Fue ella quien inició el movimiento de los llamados místicos en Europa. 

“Fundar” significa para la madre Teresa una irradiación apostólica y eclesial: ella quiere fundar conventos de mujeres orantes por la Iglesia; crear desde la interior y pacífica ofensiva oracional. El historial de su ideología fundadora resulta ser su propio itinerario espiritual; nos revela el proceso de “arraigo e innovación”; su actividad fundacional no es una ruptura con el pasado, sino el culmen de la tradición contemplativa adaptada al contexto cultural-religioso. Tal nueva forma de vida carmelitana, más que de reforma, debe calificarse de obra creadora y fundadora. Ella misma nunca utiliza el título de “reformadora” en sus escritos. En la documentación de la Iglesia se le concede el título de fundadora. Más explícitamente, en documentos oficiales suele decir: “Yo, sor Teresa de Jesús, Fundadora de los monasterios de monjas descalzas de la dicha Orden”. Tanto en el breve de beatificación como en la bula de canonización se le da el título: “Fundadora de la Orden de carmelitas descalzos”. 

“Fundar” fue uno de sus carismas, documentado en el Libro de la Vida, “el más sobrecogedor de sus escritos, la más intensa revelación de un alma con que cuentan nuestras letras” (F. Lázaro Carreter). Su autobiografía del espíritu, “autorretratista más que autobiográfica”, es un género del que hasta entonces no había precedente en las letras españolas. Así puede F. Lázaro Carreter, con acierto, poner que Teresa como escritora “también en las letras fundó”. Existía como modelo clásico del Libro de la Vida las Confesiones de san Agustín. Allí halló ella un guía espiritual que configuraba el camino de recogimiento a raíz de su “conversión”. 

El Libro de la Vida había dejado asombrados a los confesores de la autora; pensaron que podía escribir un buen tratado de vida interior prescindiendo de las noticias autobiográficas. “Y mandáronle que lo trasladase e hiciese otro libro para sus monjas”. El confesor, Domingo Báñez, que se mostró reacio a entregar el Libro de la Vida a la lectura de las novicias y monjas jóvenes de San José, dio licencia para que la madre Teresa escribiese “algunas cosas de oración”. Escribió dos veces. La primera redacción, escrita para la intimidad, sin epígrafes ni división de capítulos, es el códice de El Escorial. Cuando Teresa comienza su “librillo” para sus monjas, “adonde les diese algunos avisos”, el número de monjas ha llegado ya a trece y fue necesario redactarlo en forma menos familiar. En la segunda redacción (códice de Valladolid), el planteamiento ha cambiado. Han desaparecido las comparaciones audaces y las experiencias personales. El título Camino de perfección fue asignado por la propia santa, aunque a veces lo llama “el librillo” y también “el paternóster”. 

El primer problema que se planteó cuando la fundación de San José de Ávila fue el de la legislación. El breve de fundación de 2 de febrero de 1562 no sólo pone en marcha su tarea fundacional, sino que daba licencia a determinar el estilo de vida de la nueva comunidad. El primer núcleo de Constituciones fue de 1567, año en que las somete a la aprobación del general Rubeo. Esas páginas, en 1568, les sirven de base a fray Juan de la Cruz y a sus compañeros, para poner en marcha la vida contemplativa en Duruelo. Refiere el padre Ángel de Salazar: “Este testigo vio y aprobó los capítulos y regla de los dichos monasterios de descalzos, así de monjas como de frailes, que la dicha madre presentó ante el general de la orden, el cual general así mismo vio y aprobó la dicha regla; de ahí suelen llamárseles ‘Constituciones de 1567’”. Cuando en 1568 se funda el Convento de Duruelo, será ese el texto constitucional que les entregará la santa y que ellos pasarán del femenino al masculino y de la formulación monacal a la clerical. Las Constituciones de las monjas tratan en sendos capítulos de la legislación de la vida descalza: 1. Del orden que se ha de tener en las cosas espirituales. 2. De lo temporal: pobreza, trabajo, oficios comunes. 3. De los ayunos y penitencias. 4. De la clausura. 5. De recibir las novicias. 6. De la vida común. 7. De las enfermas (de la comida y recreación). 8. De las difuntas. 9. Sobre el quehacer de cada una en su oficio. Siguen los capítulos del capítulo de culpas y del código penal, tomado de un texto similar a las llamadas “Constituciones de la Encarnación”. “Con éstas —escribe Jerónimo de San José— se gobernaban las religiosas hasta el año 1581”. La puesta al día hízola la propia santa. La redacción definitiva fue obra de los descalzos en el capítulo de separación de 1581, al que la fundadora envió muchos memoriales. 

Al iniciar la reforma de los frailes —“los contemplativos”—, la madre Teresa se presenta como fundadora en la ejecución del proyecto. El 10 de agosto de 1568 se repetía el encuentro del año anterior en Medina, donde fray Juan, por mediación de la madre Teresa, decidió su participación activa en el movimiento contemplativo carmelitano. Ahora la comunión espiritual se intensifica en la fundación de las descalzas en Río de Olmos (Valladolid), adonde fray Juan acompañó a la madre fundadora. Ella le hizo de su propia mano el hábito de descalzo de “sayal pardo” con el que partió el 9 de agosto de 1568 para estrenar vida en Duruelo junto con fray Antonio de Jesús (Heredia). Medio año después, se presenta en Duruelo para ver cómo habían realizado los descalzos sus consejos. Ella estaba admirada, pero tiene un reparo: “Les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencias con tanto rigor que le llevaban muy grande” (F 14, 12). 

Poco tiempo después de la fundación de Duruelo, se hizo la fundación del segundo Convento de Descalzos en Pastrana, en cuya ejecución la madre fundadora tuvo parte activa. Conoció en Madrid a dos ermitaños italianos del Tardón: Ambrosio Mariano y fray Juan de la Miseria, que tienen la oferta de unas ermitas en Pastrana de parte de la princesa de Éboli. La madre Teresa los convenció de que podían realizar sus ideales participando en el movimiento eremítico-contemplativo del Carmen. La fundadora les preparó el hábito de descalzos y volvió a la profesión de ellos el 10 de julio de 1570. 

Fray Juan de la Cruz y la madre fundadora volvieron a encontrarse a primeros de 1571 en la fundación de Alba de Tormes (F 20). En la primavera de 1572 se abre el período más largo de convivencia de ambos en el mismo lugar. La madre Teresa había sido nombrada priora del Monasterio de la Encarnación en Ávila por el visitador apostólico, Pedro Fernández, y, habiendo tomado posesión el 14 de octubre de 1571, logró persuadir al mismo visitador apostólico que nombrase a fray Juan de la Cruz como confesor-vicario de la Encarnación. Durante esos cinco años de Ávila (1572-1577) la comunión se intensifica. La autoridad espiritual de fray Juan aumenta, así como su aportación en el intercambio de ideas y experiencia. Fray Juan vive en una casita adosada al monasterio de la Encarnación. Los cinco años pasados allí son de importancia capital, no sólo para fray Juan de la Cruz. El íntimo y prolongado contacto con santa Teresa, llegada por entonces a los grados más encumbrados de su vida interior, constituye un episodio inigualable en la historia de la mística cristiana. 

Calzados versus descalzos 

Sin embargo, surgen rumores contra los viajes y actividades fundadoras de la madre Teresa de monjas descalzas y religiosos descalzos. A estos rumores se agregan la reticencias del nuncio Ormaneto. Crece la desconfianza por las fundaciones de descalzas y descalzos en Andalucía en el ánimo de su gran patrocinador el prior general Rubeo y del capítulo general, celebrado en Piacenza (1575), que oficiosamente intima a la madre fundadora al cese de sus viajes y la reclusión claustral. Ella regresa a  Castilla, a Toledo y luego a su Carmelo de Ávila, para poner el Convento de San José bajo la jurisdicción de la Orden. Desde Toledo, donde llegó el 23 de junio de 1574, se quedó para presenciar los momentos dramáticos que se iban a desatar contra los descalzos. Los propios descalzos traicionaban al padre Gracián con informes detestables. 

Los confesores de la Encarnación, fray Juan de la Cruz y Germán de San Matías, eran apresados, golpeados y encarcelados por los del “paño”, y fray Juan de la Cruz había desaparecido, sin saber dónde se hallaba, y era en Toledo.  

El nuevo nuncio, Felipe Sega, mostrábase hostil a los descalzos. En fecha 23 de julio de 1576, había derogado la comisión apostólica del padre Gracián, que por el padre Francisco Vargas, dominico, visitador apostólico, había sido nombrado vicario provincial y visitador de los carmelitas de Andalucía (13 de junio de 1574) y luego por el nuncio Ormaneto con el padre Vargas in solidum, reformadores del Carmen en Andalucía (22 de septiembre de 1574); pero el Consejo Real había prohibido que le obedeciesen, enconando más con ello al nuncio Sega. Hubo desbandada y pánico, que creció con la presencia del Tostado, que venía con la comisión de someter a los descalzos bajo la autoridad de los calzados. Y más que todo esto sintió cuando vino la noticia de que el día 4 de septiembre de 1578 había fallecido fray Juan Bautista Rubeo; estaba inconsolable: todo era “llorar que llorarás” (cta 15-10-78,1). En Castilla convocaba el provincial, Ángel de Salazar, a capítulo, cumpliendo las órdenes de Piacenza, a los descalzos para el 12 de mayo de 1576, pero tan a punto que cuando ellos llegaron, ya se estaban redactando las conclusiones y las actas, muy contrarias a cuanto los descalzos podían aprobar. El cronista dice: “Desabridísimo quedó todo el capítulo y resuelto de hacer la guerra a la descalcez”. 

La noche entre el 2 y el 3 de diciembre de 1577 Juan de la Cruz era arrancado violentamente de su casita junto a la Encarnación y trasladado a Toledo por los carmelitas de la antigua observancia, entre quienes había vivido cinco años en Medina y Salamanca. Tras un rápido y sumario proceso ante los superiores, fue condenado a cárcel conventual por desobediente y contumaz. Según los religiosos, constituidos en jueces, fray Juan se mantenía firme en su propósito de seguir en las filas de quienes habían secundado la reforma emprendida por la madre Teresa. Según ellos, las más altas instancias de la Orden, como el último Capítulo General celebrado en Piacenza (Italia) en 1575, habían decretado la sumisión total de los descalzos a los calzados.

El conflicto jurisdiccional entre ambas ramas estaba muy enconado y Juan de la Cruz fue una de las víctimas que pagó con sus huesos en la cárcel conventual de Toledo. 

Más de ocho meses pasó en una auténtica mazmorra, entre cuatro paredes desnudas, sin espacio vital, sin apenas luz para leer, en absoluta incomunicación y sometido a penitencias y malos tratos. El hambre, el frío primero y el calor luego le llevaron al borde de la muerte. A mediados de agosto de 1578, estudió un detallado plan de fuga, que llevó a cabo durante la octava de la festividad de la Asunción de María. Mientras los religiosos del convento dormían la canícula del agosto toledano, fray Juan se descolgó por una ventana agarrado a unas viejas mantas anudadas. Repuesto del sobresalto al verse encerrado en el huerto de unas religiosas vecinas, logró escalar la cerca y llegar hasta el convento de las monjas descalzas de la ciudad. La comunidad femenina quedó sorprendida por lo intempestivo de la hora y por el aspecto cadavérico del recién llegado. Avisado el benefactor Pedro González de Mendoza, recogió al fraile fugitivo y le retuvo a buen recaudo reponiéndose durante más de un mes. 

El triste episodio de la prisión toledana ocupa puesto destacado en todas las biografías antiguas. Es difícil entenderlo si se desvincula de su contexto histórico concreto. Para la posteridad, aquel injusto y dramático encarcelamiento ha sido extraordinariamente fecundo, como tantos otros de las letras españolas. Durante su encierro en la cárcel toledana compuso Juan de la Cruz algunas de sus poesías más excelsas. En el cuadernillo que logró llevar consigo en la huida figuran las siguientes composiciones poéticas: las primeras treinta y una estrofas del Cántico espiritual, el poema de La Fonte, los nueve Romances sobre el Evangelio y otro sobre el salmo Super flumina. El Cántico espiritual escrito en liras, una de las estrofas más exigentes, que alterna versos endecasílabos y heptasílabos con rima consonante aBabB: 

Cántico espiritual 

Canciones entre el alma y el esposo 

Esposa: 

¿Adónde te escondiste, 

amado, y me dejaste con gemido? 

Como el ciervo huiste, 

habiéndome herido; 

salí tras ti, clamando, y eras ido.

          

Pastores, los que fuerdes 

allá, por las majadas, al otero, 

si por ventura vierdes 

aquél que yo más quiero, 

decidle que adolezco, peno y muero.           


Puesta en tales circunstancias críticas, la madre fundadora escribió aquellos años libros de inefable serenidad: la Visita de descalzas, parte de Las Fundaciones, el desenfadado Vejamen y su obra maestra, Las Moradas del Castillo Interior. En su tratado místico, el progreso espiritual es el “itinerario del sujeto hacia su centro”. Así también en las Moradas el ‘motivo’ simbólico se convierte en el lenguaje nuevo de la experiencia mística. 

El vocabulario de la ‘morada’ o del ‘centro’ es tradicional; el del ‘castillo’ tiene, en el siglo XVI, antecedentes conocidos de santa Teresa. Lo nuevo es el papel totalizador que desempeña el momento cultural y espiritual de una toma de conciencia mistagógica; ésta era el núcleo de su obra. Es una escritora inspirada, en cuyas obras “los dos planos, el natural-histórico- estético y el sobrenatural... se maridan” (V. García de la Concha). 

Los amigos que tenían los descalzos en España emprendieron su defensa; el nuncio fue advertido de que debía informarse mejor de sus vidas. Se buscó una fórmula airosa para liberar a los descalzos del yugo de los provinciales calzados, y les nombraron vicario general padre Ángel de Salazar, que luego colmó de atenciones al padre Gracián, llevándolo consigo y siguiendo sus dictámenes de gobierno. Al mismo tiempo, negociaron en Roma el breve de separación de descalzos. La santa tornó a recorrer sus conventos y reanudó sus viajes fundacionales en febrero de 1580 (Villanueva de la Jara), Palencia (1580), Soria (1581) y Burgos (1982). El padre Gracián estaba dominado por el nuncio, por la Corte y por muchos de sus descalzos, que preferían seguir la diplomacia dura del Rey contra cualquier intromisión extranjera. Ni la madre Teresa pudo conseguir que Gracián tuviese ciertas atenciones con el general Rubeo, que sintió naturalmente lesionados sus derechos. 

Muerte  

Las cosas de Roma seguían su curso. El 22 de junio se despachó el breve de separación de los descalzos. Se convocó un capítulo para el 3 de marzo de 1581, en Alcalá. Iban a redactarse las Constituciones definitivas, y la madre fundadora envió numerosos memoriales. Salió elegido primer provincial, aunque por leve mayoría, el padre Gracián. La santa regresó el 6 de julio de Burgos a Ávila, con ánimos de esperar allí los despachos para fundar en Madrid. Regresó por los Conventos de Palencia, Valladolid y Medina, mas esta vez no en viaje triunfal, sino en retirada tristísima. En Valladolid fue despedida con malos modales por su sobrina y priora María Bautista. En Medina le salió al encuentro fray Antonio de Jesús, y le ordenó ir derecha a Alba de Tormes, a petición de la duquesa de allí [esto es, la duquesa de Alba de Tormes, la duquesa de Alba], porque su nuera, la duquesa joven, iba a dar a luz, y ambas querían consolarse con la santa. Salió de Medina el 19 de septiembre, sin provisiones de camino, porque la priora, Alberta Bautista, también enojada, no la quiso despedir. También sintió mucho que el padre Gracián, “su querido hijo”, la dejaba sola en estas horas. Llegada a la ciudad ducal, se acostó temprano con una hemorragia recísima. El día 1 de octubre la acostaron; no se levantaría más. El día 3 le fue administrado el Viático: “Por fin muero hija de la Iglesia”. El día 4, reclinada la cabeza entre los brazos de Ana de San Bartolomé, expiró. 

Reconocimientos 

En 1614, el 24 de abril, Pablo V la proclamó beata. En 1622, el 12 de marzo, Gregorio XV la canonizó juntamente con los santos Isidro, Ignacio, Francisco Javier y Felipe Neri.  

Desde el 19 al 27 de junio de 1622, ya en el reinado del cuarto Felipe, en plena guerra centroeuropea de los Treinta Años y reiniciada la lucha oceánica contra las Provincias Unida, se celebraron en Madrid las fiestas por la canonización de san Isidro, santa Teresa, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier y san Felipe Neri, apoteosis hispana contrarreformista. Pedro Calderón, que ya debía de ser autor lírico con alguna experiencia a sus veintidós años, obtuvo un meritorio tercer premio, detrás de Lope de Vega, sesenta años, y del excelente sonetista López de Zárate, de cuarenta.  

Hasta en tres ocasiones fue proclamada copatrona de nuestro país. Es muy impresionante calcular las fechas para darnos idea de su trascendencia: 

- en 1617 por Felipe III (muy devoto suyo), siendo aún beata. Apenas 35 años después de su muerte. Es como si hoy nombramos patrón de España a alguien muerto en 1980. 

- ya santa, en 1627, las Cortes de Castilla la declaran junto a Santiago Apóstol, pero los partidarios del apóstol revocaron el acuerdo. 

 - y finalmente el 28 de junio de 1812, cuando las Cortes de Cádiz decidieron restablecerle ese título. 

Con fecha 18 de septiembre de 1965, por el breve Lumen Hispaniae, Pablo VI la declaró patrona de los escritores católicos de España. El 27 de septiembre de 1970, el mismo Pablo VI la proclamó doctora de la Iglesia Católica, título que por primera vez en la historia se otorgaba a una mujer. 

Su obra 

Prosa 

Hay que entenderla en el ámbito de la Contrarreforma como intento por reactivar la cultura tradicional de la Cristiandad. En esa segunda mitad de siglo XVI, los jesuitas terminaron haciéndose casi con el monopolio de la educación. Tras el erasmismo, triunfó en España el tradicionalismo: índices prohibitorios, ley de censura de 1558… La ascética es una parte de la mística e inseparable de ella, un paso necesario. “Místico […] es solo aquel que por voluntad y amor y gracia, como don divino, llega a la unión con Dios; es decir, llega al conocimiento directo de Dios por vía sobrenatural y no racional.” (Ángel del Río, pp. 411-412). El escritor ascético escribe guías de conducta; el místico describe sus experiencias del éxtasis. 

Mística  (experiencia de unión con lo divino) “Es el misticismo […] la manifestación literaria más valiosa y genuina de España en el tránsito del Renacimiento a la Contrarreforma y el barroco, al promediar el siglo XVI” (Ángel del Río, p. 405). Se sitúa entre 1550-1650. 

Santa Teresa de Jesús es la plenitud del misticismo español. “Es ejemplo eminente de activismo, al par que de entrega total al éxtasis contemplativo.” (Ángel del Río, p. 420). Su obra es autobiográfica. Nada de su obra se publicó en vida. Todo circuló manuscrito. Ninguno de sus libros apareció publicado en vida de la santa. Se hicieron copias pero únicamente para el uso de las carmelitas: 

 - El libro de la vida (1562-1565. Salamanca, 1588). El Escorial. Describe detalladamente sus experiencias místicas. El primero, el más fresco y espontáneo. 1-10 capítulos biográficos, del 11 al 22 tratado de oración y del 23 al 36 cuenta la primera fundación.

 - Camino de perfección: (1566-1567) Su finalidad era ofrecer una guía de espiritualidad, un manual para vivir la vida de sus religiosas del carmelo de San José de Ávila. (Evora, 1583).). Dos manuscritos: el de El Escorial y el de Valladolid. El primero para sus monjas y el segundo ya consciente de que podía ser publicado, corregido y aumentado. 

- El castillo interior o tratado de las moradas (Escrito en 1570. Salamanca, 1588. Es un tratado completo sobre el alma y sus relaciones con Dios: el matrimonio espiritual es la última morada). Es resultado de una nueva petición que realiza su confesor, el padre Jerónimo Gracián, para que vuelva a escribir su biografía que en esos momentos pasaba el tribunal de la Inquisición. La obra concentra consejos sobe la vida mística, tal y como Santa Teresa se había aproximado a ella. Es una lectura que ella concibió para los teólogos y los directores espirituales. Se queja de que se lo pidan porque no tiene tiempo. Es un libro que escribe sin apenas una corrección en dos meses de 1577. “En dos meses ha escrito el libro más bello y profundo de la historia espiritual de la humanidad” (Olegario González de Cardedal). Fray Juan tuvo un es el papel decisivo en la redacción de las Moradas del castillo interior. En ellas, por primera vez, se atreve la autora a usar el símbolo del amor nupcial para comunicar sus profundas experiencias místicas. Confiesa que debe la sugerencia a un hombre experimentado, es decir, Juan de la Cruz (Moradas, VI, 9, 17). Ambos místicos se condicionaron mutuamente en su producción literaria y mística. Juan de la Cruz rompió a cantar en verso al lado de la madre Teresa; ella enriqueció su vocabulario místico secundando las enseñanzas del teólogo.

 - Libro de las fundaciones (Escrito en 1573. Bruselas, 1610. Es la historia de su labor como reformadora de la orden del Carmelo en que había ingresado en 1534 y de sus fundaciones). Quizá el más ameno, es la narración de sus “andanzas” por España fundando conventos. 

Su estilo es clave; fray Luis de León, editor de las obras de la santa (quien salvó su obra), lo calificó como “elegancia desafeitada”. Todo está escrito con una “cordial coloquialidad”. 

Ella escribe con conciencia de que “no sabe darse a entender”, es autocrítica, por eso usa “muchas palabras”. Cierto, es asistemática, nada racionalista y mucho menos escolástica. Gran libertad de creación. 

Santa Teresa no es escritora vocacional. Escribe porque se lo piden sus confesores o superiores y porque se lo reclaman sus monjas, algunas de las cuales son analfabetas. Santa Teresa ayuda a sus hermanas con:

 - lengua coloquial 

- estilo sencillo, espontáneo, desafectado 

Su estilo coloquial (el sermo humilis) se inserta en la tradición de San Jerónimo, de San Agustín, de San Gregorio Magno: el cristianismo puede hablar de lo sublime en términos bajos. Se excluye la afectación y el rebuscamiento, pero también el “arrusticarse” de modo artificioso.   

Santa Teresa no perseguía la gloria literaria, sino la expresión y la comunicación. Escribe a vuela pluma y entre múltiples ocupaciones. Escribía deprisa y rara vez se releía. 

“Quiero ser más clara, que creo que me meto en muchas cosas. Siempre tuve esta falta de no saberme dar a entender (como he dicho) sino a costa de muchas palabras.” (Vida, 13, 17). 

“¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos para que unas por otras no se olvidaran!” (Camino, 34, 4) “Hace tantos días que escribí lo anterior sin haber tenido un momento para volver sobre ello, que si no lo releo no sé lo que dice. Por no gastar tiempo, irá como vaya saliendo, sin mucho orden.” (Camino, 19, 1) 

Se justifica por el poco sosiego que tiene: 

“Por tener yo poca memoria, creo que se dejarán de decir muchas cosas muy importantes, y otras, de las que se podría prescindir, se dirán; todo irá según mi poco ingenio y grosería, y también según el poco sosiego que para esto hay.” (Fundaciones, prólogo). 

Más que escribir como habla, “Santa Teresa escribe como es” (Gerardo Diego).  

Santa Teresa habla de Dios, con Dios, desde Dios, para Dios: TODO ESTO ES NUEVO Y REVOLUCIONARIO en la literatura española. 

Azorín dijo que en cuanto al lenguaje, Santa Teresa es más lección que Cervantes porque en Cervantes encontramos la lengua española ya hecha y en Santa Teresa vemos cómo se va haciendo. 

Su importancia literaria es tal que, cuando se construyó el actual edificio de la Biblioteca Nacional en 1866, es la única mujer que adornó el Salón de Lectura y las estatuas y medallones de la fachada 

Poesía 

Santa Teresa de Jesús escribió una treintena de composiciones poéticas con poemas, villancicos, obras en honor de algunos santos (San Andrés, San Hilarión, Santa Catalina de Alejandría) o también de carácter familiar. En un principio, este tipo de composiciones no recibieron interés por parte de la sociedad y los estudiosos de la época. Así, fue en el siglo XIX cuando comenzaron a hacerse estudios sobre la obra lírica de la Santa. 

Nada te turbe 

[Letrilla que llevaba por registro en su breviario] 

Nada te turbe;  

nada te espante;  

todo se pasa;  

Dios no se muda,  

la paciencia  

todo lo alcanza.  

Quien a Dios tiene,  

nada le falta.  

Solo Dios basta.  


Vivo sin vivir en mí  

Vivo sin vivir en mí  

y tan alta vida espero  

que muero porque no muero.  


Vivo ya fuera de mí,  

después que muero de amor,  

porque vivo en el Señor,  

que me quiso para sí;  

cuando el corazón le di  

puso en mí este letrero:  

«Que muero porque no muero».  


Esta divina unión,  

y el amor con que yo vivo,  

hace a mi Dios mi cautivo  

y libre mi corazón;  

y causa en mí tal pasión  

ver a mi Dios prisionero,  

que muero porque no muero.  


¡Ay, qué larga es esta vida!  

¡Qué duros estos destierros,  

esta cárcel y estos hierros  

en que está el alma metida!  

Sólo esperar la salida  

me causa un dolor tan fiero,  

que muero porque no muero.  


Acaba ya de dejarme,  

vida, no me seas molesta;  

porque muriendo, ¿qué resta,  

sino vivir y gozarme?  

No dejes de consolarme,  

muerte, que ansí te requiero:  

que muero porque no muero.  


Vuestra soy, para Vos nací, 

Vuestra soy, para Vos nací, 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Soberana Majestad, 

eterna sabiduría, 

bondad buena al alma mía; 

Dios alteza, un ser, bondad, 

la gran vileza mirad 

que hoy os canta amor así: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Vuestra soy, pues me criastes, 

vuestra, pues me redimistes, 

vuestra, pues que me sufristes, 

vuestra pues que me llamastes, 

vuestra porque me esperastes, 

vuestra, pues no me perdí: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


¿Qué mandáis, pues, buen Señor, 

que haga tan vil criado? 

¿Cuál oficio le habéis dado 

a este esclavo pecador? 

Veisme aquí, mi dulce Amor, 

amor dulce, veisme aquí: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Veis aquí mi corazón, 

yo le pongo en vuestra palma, 

mi cuerpo, mi vida y alma, 

mis entrañas y afición; 

dulce Esposo y redención, 

pues por vuestra me ofrecí: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Dadme muerte, dadme vida: 

dad salud o enfermedad, 

honra o deshonra me dad, 

dadme guerra o paz crecida, 

flaqueza o fuerza cumplida, 

que a todo digo que sí: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Dadme riqueza o pobreza, 

dad consuelo o desconsuelo, 

dadme alegría o tristeza, 

dadme infierno o dadme cielo, 

vida dulce, sol sin velo, 

pues del todo me rendí: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Si queréis, dadme oración, 

si no, dadme sequedad, 

si abundancia y devoción, 

y si no esterilidad. 

Soberana Majestad, 

sólo hallo paz aquí: 

¿qué mandáis hacer de mi? 


Dadme, pues, sabiduría, 

o por amor, ignorancia; 

dadme años de abundancia, 

o de hambre y carestía; 

dad tiniebla o claro día, 

revolvedme aquí o allí: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Si queréis que esté holgando, 

quiero por amor holgar. 

Si me mandáis trabajar, 

morir quiero trabajando. 

Decid, ¿dónde, cómo y cuándo? 

Decid, dulce Amor, decid: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Dadme Calvario o Tabor, 

desierto o tierra abundosa; 

sea Job en el dolor, 

o Juan que al pecho reposa; 

sea viña fructuosa 

o estéril, si cumple así: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Sea José puesto en cadenas, 

o de Egipto adelantado, 

o David sufriendo penas, 

o ya David encumbrado; 

sea Jonás anegado, 

o libertado de allí: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Esté callando o hablando, 

haga fruto o no le haga, 

muéstreme la ley mi llaga, 

goce de Evangelio blando; 

esté penando o gozando, 

sólo vos en mí vivid: 

¿qué mandáis hacer de mí? 


Vuestra soy, para vos nací, 

¿qué mandáis hacer de mí? 


A San Andrés 

Si el padecer con amor 

puede dar tan gran deleite, 

¡qué gozo nos dará el verte! 


¿Qué será cuando veamos 

a la inmensa y suma luz, 

pues de ver Andrés la cruz 

se pudo tanto alegrar? 

¡Oh, que no puede faltar 

en el padecer deleite! 

¡Qué gozo nos dará el verte! 


El amor cuando es crecido 

no puede estar sin obrar, 

ni el fuerte sin pelear, 

por amor de su querido. 

Con esto le habrá vencido, 

y querrá que en todo acierte. 

¡Qué gozo nos dará el verte!

 

Pues todos temen la muerte, 

¿cómo te es dulce el morir? 

¡Oh, que voy para vivir 

en más encumbrada suerte! 

¡Oh mi Dios, que con tu muerte 

al más flaco hiciste fuerte! 

¡Qué gozo nos dará el verte! 


¡Oh cruz, madero precioso, 

lleno de gran majestad! 

Pues siendo de despreciar, 

tomaste a Dios por esposo, 

a ti vengo muy gozoso, 

sin merecer el quererte. 

Esme muy gran gozo el verte.


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